La dificultad de inventar y recrear un mundo paralelo, un mundo que podría haber existido, un universo completamente nuevo o una revolucionaria conjetura de nuestro futuro, siempre me ha parecido fascinante. La complejidad de crear una historia tan abrumadora y tan eterea como lo es nuestra propia existencia; sobre la esencia de la humanidad, sin importar el escenario, los protagonistas o las circunstancias. Fundamentalmente son esas las razones por las que adoro el cine de ciencia ficción y la literatura fantástica. Porque te cautivan proponiendo maneras tan distintas, y al mismo tiempo tan normales, de someter a prueba nuestra condición humana.
Eso precisamente es lo que hace
Blade Runner. Y lo hace de la mano de
Ridley Scott, en mi opinión de los pocos directores con la suficiente maestría para plasmar en una pantalla de cine lo que los grandes de la literatura son capaces de hacer imaginar en sus libros. Un director con la capacidad de dotar a sus películas de un despliegue visual y una atmósfera inigualable. Una atmósfera propia.
Hablar de
Blade Runner es hablar de un mundo oscuro, decante y deshumanizado. Hay muchas escenas en las que la masificada arquitectura, las luces de neón y la lluvia se erigen en coprotagonistas de la película. Y en medio de esa peculiar ambientación, de ese caos, un planteamiento brillante sobre la propia capacidad del ser humano de crear y destruir. Una mezcla de ciencia ficción y cine negro con personajes de profunda personalidad que viven en un mundo casi apocalíptico y una sociedad encaminada casi irremediablemente a su autodestrucción.
Una de esas películas donde uno empieza a hablar o escribir sobre ellas y no puede parar. Posiblemente, y esto es una opinión personal (que seguramente muchos compartiréis),
la gran película de ciencia ficción junto con
Matrix. Una de esas películas que, ves una vez y te impacta, pero tras haberla visto varias veces, y haberla dejado madurar, adquiere nuevos significados.
El argumento en torno al cual gira la compleja trama es simple: unos replicantes de las colonias exteriores vuelven a la Tierra en busca de su creador. Son seres artificiales pero demuestran un enorme apego a la vida, un gran deseo de vivir. Sin duda son los verdaderos protagonistas. Harrison Ford encarna al policía encargado de encontrarlos y desactivarlos. Un enfrentamiento casi poético entre creadores y creaciones. Una dura contienda por demostrar la "humanidad". Una rebelión en busca de la libertad. "Blade Runner" es, ante todo, una reflexión sobre la muerte y la condición humana.
Lo más increíble, es que la película es del año 1982 y sin embargo no ha envejecido lo más mínimo. Sus efectos especiales cumplen a la perfección y crean una atmósfera y un mundo futurista perfectamente creíble hoy en día. En ningún momento tienes la sensación de estar viendo una película "antigua".
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Sencillamente es una de esas películas que tienes que ver.